Edicion N 930 | 14 de junio de 2016
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YUGOSLAVIA



PRIMERA ENTREGA

LUIS BURÓN-BARAHONA
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TURISMO. Kotor es una ensenada al oeste de Montenegro, uno de sus principales atractivos turísticos.

FOTOS: LUIS BURÓN-BARAHONA

La voz potente de Celia Cruz recorre las colinas de Montenegro. Un panel blanco destartalado derrapa los caminos estrechos rumbo a Podgorica. La radio resucita Guantanamera. De repente el cacharro se detiene en medio de la nada. Se baja la copiloto, una adolescente delgada con camiseta blanca y pantalón corto. Parece ser la hija del chofer. O su novia. Abre la puerta corrediza del auto y  suben con esfuerzo un hombre y su hijo pequeño. Pagan los boletos y arranca de nuevo el panelito.

Guantanamera termina y empieza una canción con acento eslavo y de música moderna. Parece popular porque la copiloto la canta en voz baja. El panel sigue a toda marcha entre las colinas áridas por el verano balcánico. El calor espesa y la piel se irrita.

Casi tres horas después de partir desde Kotor, una ensenada medieval al oeste del país, el panel llega por fin a la capital montenegrina, su destino final. La terminal de autobuses es pequeña. Bastan unos 20 pasos para cruzar de los andenes a la calle donde los taxistas fuman bajo el sol asfixiante.

En el corazón de la ciudad escasean los edificios altos. Apenas si hay un puñado en su “distrito comercial”, que no es más que una calle de fachadas modernas.  Se cuentan con los dedos de las manos los autos último modelo, los almacenes con ropa de moda  y, por supuesto, los centros comerciales.

Un cuadro que apela a transformarse. Desde finales de 2008 el Estado montenegrino hace todo cuanto está en sus manos por integrarse a la Unión Europea, ese grupo  de países  de políticas comunes y sanciones ejemplares a sus miembros.

La integración es el tema recurrente en el país. La mayoría de los políticos lo venden como el futuro próspero. Una especie de salvavidas todopoderoso que los llevará flotando hacia mejores días.

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HUELLAS. Las marcas de la guerra aparecen en cualquier calle de Belgrado, Serbia. Abajo a la derecha, una estatua a Josip Broz, Tito.

LUIS BURÓN-BARAHONA

Becko tiene unos 35 años y es el encargado de un pequeño hostal construido por prisioneros nazis durante la II Guerra Mundial. No cree que Montenegro mejore con la integración a la Unión Europea. No le interesa mucho, tampoco. En cambio, está seguro de que la época yugoslava fue la mejor.

“Era el cielo en la tierra. Le iba bien al que se dedicaba a la religión, como al que se dedicaba a trabajar. A cada uno le tocaba una recompensa correspondiente. Era un país que complacía a todos sus miembros”. Fuma un cigarrillo bosnio marca Drina y bebe una cerveza montenegrina marca Niksiko, sentado en un sillón roto y descolorido en el jardín del hostal.

La apuesta por la integración, sin embargo, no se limita a Montenegro. Todos los países que integraron Yugoslavia tienen ese objetivo. El propósito es curar las heridas —profundas— de las guerras de secesión a principio de la década de 1990, así como cambiar el rumbo económico por el que deambulan.

Cinco de los siete países exyugoslavos están entre los 10 primeros  del mundo con más desempleo, según información que publica anualmente la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos. Bosnia–Herzegovina encabeza la lista con 62.8%. El desempleo creció en un 500% desde 1980, cuando murió el líder del proyecto comunista, Josip Broz, Tito. Desde entonces el alfabetismo aumentó del 80% al 97.7%. Cultos y desempleados.

En las calles de Skopie, la capital de Macedonia, a poco menos de 200 kilómetros de Podgorica, también  parece anticiparse a la eventual integración. Desde 2006, el primer ministro Nikola Gruevski ha invertido decenas de millones de dólares en adornar las esquinas con cientos de estatuas de bronce. La más vistosa es de Alejandro Magno y mide unos siete pisos de alto. Hay de filósofos, religiosos, políticos, artistas y hasta sin ninguna particularidad. “Mujer de lentes oscuros habla por celular”, dice la placa de una estatua  de una chica sonriente con teléfono en la mano y el pelo revuelto por el viento.

“Desde hace muchos años que cumplimos con todos los requisitos que nos piden, pero aún nada”, dice uno de los guías del Museo Nacional de Arqueología de la ciudad macedonia. Prefiere no dar su nombre. No quiere problemas, advierte, aun sabiendo que la historia se publicaría en otro continente, a miles de kilómetros de distancia. Es un hombre delgado, de unos 45 años. Tiene respuestas para todas las preguntas y conoce la historia de cada pieza del museo. Ser parte de la Unión Europea no es una idea que lo entusiasme particularmente.

Dice que muchos requisitos, que siempre añaden nuevos, y Yugoslavia, según él, ha intentado  maquillar su esencia para cumplirlos: menos tosquedad comunista, más estilización capitalista. La mezcla ha resultado   un sin fin de contradicciones. La nueva cara de la región.

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ILUSIONES SERBIAS


El tren de Skopie a Belgrado se siente eterno. En la estación macedonia advierten que el viaje dura unas 7 horas como mucho. En realidad son 12, con suerte. El tren avanza en medio de una planicie infinita adornada por el mismo panorama: puentes de madera, ríos, pueblos con casas de dos pisos, maizales, verdor.

Los vagones del tren, por su parte, son una máquina del tiempo. En todos hay una foto descolorida que aún promociona el turismo en Yugoslavia. En uno de los pasillos, frente a una ventana que no baja del todo, un macedonio enciende un cigarro y le cuenta a un francés que hace unos meses viajaba hacia Belgrado junto con una señora serbia. En la frontera le pidieron el pasaporte. No tenía. Alegó que habían pasado 25 años desde su último viaje y que entonces no necesitaba pasaporte. Pensaba que aún vivía en Yugoslavia.

Al llegar a Belgrado cambia el panorama. Es una ciudad de avenidas amplias, edificios suntuosos, monumentos, parques. También de colores opacos. Su centro es movido y bullicioso, lleno de huellas de guerra, como los edificios bombardeados que parecen desmoronarse en cualquier momento.

En casi todas las esquinas hay quioscos con memorabilia yugoslava a la venta. Miroslav, por ejemplo, despacha monedas, insignias y parches en un puesto a la entrada del parque Kalemegdan. Miroslav conoce el Canal de Panamá. Lo atravesó de joven. “Miraflores”, dice. Tiene recuerdos de un tal [Omar] “Torrijos”.

No es el único. En el Museo de Yugoslavia hay varias referencias a Panamá. Se trata de un documental —por llamarlo de alguna manera— dedicado a Tito Broz, líder de Yugoslavia por casi 40 años. En la producción aparece el mariscal vestido de saco o de oficial, a caballo, tomando té, acostado de un parque, en ceremonias, emergencias nacionales, pensando, leyendo, paseando con su esposa, paseando con Sofía Loren, serio, sonriente, saludando, filmando. Por unos instantes, aparece Tito en el medio de una amplia avenida rodeado de miles de banderas panameñas.

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ADORNOS. Aun con una tasa de desempleo de 53.9%, el Gobierno de Macedonia invierte decenas de millones de dólares en estatuas.

Fue durante su visita a Panamá en marzo de 1976. Torrijos lo invitó. La imagen del documental es su recorrido por lo que parece ser la vía Domingo Díaz, donde fue recibido por niños y funcionarios. Después  se reunió con el dictador panameño  en el hotel Holiday Inn en Punta Paitilla, donde hoy está el Crowne Plaza. Eran los tiempos de la Guerra Fría y del movimiento de los Países No Alineados, que lideraba Tito y del que formó parte Panamá.

Ambos líderes tenían mucho en común: eran carismáticos y populares, vistos por algunos como grandes benefactores. Compartían el llegar al poder por imposición, además de permitir desapariciones forzosas, secuestros y asesinatos. En el caso de Tito, se le acusa de haber mandado a asesinar a más de 400 mil personas.

El rostro de Tito aparece por todos lados. Hay muchos monumentos y bustos, pero también  camisetas. En los puestos de venta tienen a Tito acompañado por camisetas con los rostros de otros ídolos serbios, como el tenista Novak Djokovic o Gavrilo Princip, el asesino del archiduque austrohúngaro Franz Ferdinand, que dio pie a la I Guerra Mundial. Venden camisetas con el rostro de Vladimir Putin, el estricto presidente de Rusia, un país con el que tienen afinidad cultural y hasta física. Aunque no son los únicos a quienes los serbios miran con agrado.

Jelena Basevic tiene veintitantos años. Es rubia, delgada, risueña y habla español fluido. En parte porque vivió en Madrid, donde hizo una maestría en filología hispánica; pero también por unos inexplicables lazos entre el castellano y Serbia. “De niña, me inscribieron en una escuela de cha cha cha. Algo normal en Belgrado”.

Las primeras palabras castellanas de Jelena las aprendió de niña cuando veía las telenovelas latinas y españolas por la televisión abierta de toda Yugoslavia. Las transmitían en su idioma original con subtítulos. Miles aprendieron así.  “La integración de Serbia en la Unión Europea ha sido el tema más importante de la política exterior de mi país”, asegura Jelena en perfecto español.

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Serbia fue el gran protagonista en las guerras yugoslavas. Encabezó los enfrentamientos contra Eslovenia, Croacia, Kosovo y Bosnia Herzegovina. En la época dorada de Yugoslavia, las decisiones políticas y administrativas se tomaban en Serbia. Con el fraccionamiento, las autoridades serbias apelaron a querer continuar el proyecto de Tito. Sus vecinos, por el contrario, los acusaban de querer  aprovecharse de su ventaja como líderes del bloque. Bombas fueron y vinieron. Muerte por todos lados.

Las secuelas de estas guerras, como las de cualquier otra, son una piedra en el zapato para el desarrollo de Serbia —y sus vecinos—. Y precisamente son estos retrasos los que han prolongado su integración a la Unión Europea. Serbia, candidato oficial desde 2011 y en negociaciones oficiales dos años después, ha tenido que acatar “sugerencias” en libertades ciudadanas, justicia, libertad, seguridad, medio ambiente y su control financiero.

“La integración siempre ha estado relacionada con varios aspectos, pero hay dos que son más importantes: el económico y el reconocimiento a Kosovo”, añade Jelena. Está sentada en un pequeño bar sobre la calle Skadarlija, la parte bohemia de Belgrado. Además del futuro de su país también habla con emoción de  Un puente sobre el Drina, la obra cumbre del escritor yugoslavo Ivo Andric y su libro favorito. Afuera llovizna, adentro suena Manu Chao, que canta en español.

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