Edicion N 930 | 14 de junio de 2016
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UNA TAFIL AL DÍA NUNCA ES COBARDÍA



SECTOR

ÓSCAR CASTAÑO LLORENTE
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LABORAL. Las dinámicas de trabajo se centran en metas corporativas cada vez más exigentes. Los profesionales deben entonces mantener la calma, y para ello, algunos  consumen calmantes por su propia cuenta. Fotolia

Un sordo clamor se escuchó hace unas semanas. A finales de mayo, una especie de angustia silenciosa recorrió la capital y el interior. Eran hombres y mujeres de los estratos alto y medio de la pirámide social  en búsqueda de tranquilizantes. Urgían grageas de tipo ansiolítico cuya denominación suele escucharse en conversaciones desprevenidas de trabajo y en ocasiones en el hogar. Necesitaban alprazolam, el reconocido Tafil, pero se había agotado.

Cuando se le receta indebidamente, los usuarios suelen ingerir la pastillita comprimida —de 0.25, 0.50, 1 y 2 miligramos— en momentos de ansiedad, en estados nerviosos en los que pareciera que el mundo fuera a hacer combustión. Quieren relajarse, buscar la calma, inducirse el sueño. Precisamente a principios de mayo, el Gobierno Federal de los Estados Unidos anunció su sanción en contra de un grupo económico panameño, semanas después de la irrupción de los Panama Papers.

En aquellas semanas de estimulaciones foráneas, los consumidores de ansiolíticos debieron afrontar además su disminución en el mercado. Un recuadro suministrado por el Ministerio de Salud muestra el ingreso de 2 mil 801 gramos de alprazolam hasta el presente mes de junio, en comparación con el consolidado de 2015 cuando se registró la incorporación de 9 mil 392 gramos.

Una funcionaria del Ministerio de Salud hace la salvedad de que una parte de estas sustancias controladas se reexporta a otros mercados. Aunque  dice que los índices de consumo interno llegan a aproximarse a las cifras totales de importación  y que las variaciones interanuales obedecen a veces a remanentes de periodos anteriores. (Ver recuadro: El reino de los tranquilizantes).

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Los vaivenes del crecimiento económico de Panamá parecen retratar el consumo del producto con la descripción arancelaria 29339100, encabezado por el alprazolam. Su importación apuntó un aumento de 229% entre 2013 y 2014, cuando se detectó un incremento en el producto interno bruto del país de 7.5% y 6.2%. (Ver recuadro: Importaciones en dólares).

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Apreciado el comportamiento del país en los últimos años desde la academia universitaria, puede explicarse el porqué del uso masivo de los tranquilizantes. “Usted me dice que aumenta el ingreso de estas sustancias, pero en relación a qué. ¿Al año anterior? ¿Y qué ha pasado en nuestro país de  2013 a  2016?”, inquiere Rosa Buitrago, la vicedecana de Farmacia de la Universidad de Panamá, sobre un cuatrienio  de contingencias.

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TRÁFICO. Los tranques y las calles congestionadas son fenómenos cuya presencia era menor en Panamá. Ahora son el pan de cada día.  LA PRENSA |Eric Batista

LA MANTA

El usuario de tranquilizantes para trastorno de ansiedad puede presentar el comportamiento de una bengala. Su efervescencia quizás lo haga estallar. Las preocupaciones solas o acumuladas llegan a acompañarse de síntomas físicos: temblor, tensión muscular, dolor de cabeza, mareos, falta de aire, náuseas, necesidad imperiosa de orinar, sensación de nudo en la garganta, taquicardia, dificultad para dormir o para concentrarse, fatiga excesiva o irritabilidad.

“Cuando se presentan cambios neuroquímicos del tipo de la dopamina y la neuroadrenalina, que son los que nos dan el empuje para hacer las cosas, y hay ansiedad, entonces qué ocurre: que la persona comienza a tener palpitaciones, piloerección, sudoración. Y se le ve rubicunda, y la ropa se le marca y le queda más ajustada en ciertas partes, y anda arrastrando la manta. Entonces quizás sea un trastorno de ansiedad”, determina la médica psiquiatra Juana Herrera.

Aquella persona que arrastra la manta busca cualquier excusa para que alguien se la pise y tragárselo vivo. Puede encarnarse en una persona dedicada a conducir taxi o bus colectivo, en la secretaria de una corporación empresarial, en el técnico electricista.

Trabajadores que dieron el salto a la clase media en años recientes, los de crecimiento económico, inmersos ahora en hipotecas, cuotas de autos, tranques y más obligaciones en el hogar. Algunos de ellos consumen tranquilizantes a precios más bajos en comparación con la denominación reina del alprazolam.

“La mayoría de estos medicamentos perdió las patentes y por ende muchas casas farmacéuticas crean copias y abaratan el acceso a ellos. Su popularización responde [también] a un mayor alcance de la población de los servicios de salud. Pero existe poca conciencia sobre los riesgos de este tipo de recetas en ciertas ocupaciones”, comenta el psiquiatra José Calderón.

Los peligros asociados se concretan, por ejemplo, en el conductor de camión bajo los efectos del alprazolam. El medicamento puede reducir los reflejos. Están en el electricista en su faena de revisión de cables, o en el obrero parado en los pisos más altos del rascacielos en obra gris.

Antes de la masificación de los tranquilizantes, por lo menos en Panamá los usuarios más asiduos solían pertenecer a las profesiones mejor remuneradas. Ejecutivos de alto y mediano mando con una agenda de trabajo repleta de compromisos, con metas de cumplimiento obligatorio y estilos de vida familiar ideales para las revistas del corazón.

Ellos pusieron de moda, primero con discreción, más tarde como un comentario simpático, el axioma de “una Tafil al día nunca es cobardía”. Entonces incorporaron en su “dieta” cotidiana la pastillita blanca, azul o morada, según el orden ascendente del gramaje, para invocar el sueño, hallar la calma  antes de subir al avión, relajarse en la víspera de un negocio.

“Pasa el tiempo y ocurre a veces que la persona decide aumentar la dosis para lograr el mismo efecto tranquilizante”, avisa Calderón. Según el recuento de sus pacientes, “más del 50% de ellos llega con síntomas asociados a la ansiedad”.

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COMPORTAMIENTO

Una cantidad creciente de habitantes de Panamá va a las farmacias en búsqueda de tranquilizantes sin una fórmula médica prescrita debidamente. Las personas de ese segmento de la población quizás hayan sido recetadas de manera correcta, pero su ansiedad a toda prueba las hace buscar nuevos médicos para lograr su Tafil del día. Calderón señala a propósito que “si usted necesita un alprazolam diario es porque tiene un problema de salud mental”.

Solo el 5% de la venta del medicamento responde a la receta médica de un paciente en tratamiento, destaca una vocera del sector farmaceuta.

El 95% restante resulta de pacientes que antes de acudir a la farmacia solicitan subrepticiamente la fórmula a un médico a quien le dieron detalles de síntomas propios de la ansiedad, por la razón simple de que se acabaron las pastillas  guardadas en la gaveta del baño.

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HOMOGÉNEO. La congestión de personas, las filas eternas y la gente desesperada en el Aeropuerto de Tocumen el 20 de octubre de 2013.  LA PRENSA |Archivo


“Cuando empiezan a buscar la receta de complacencia, ahí ya hay un problema. Al igual que cuando yo, para todas las situaciones que me generan alguna demanda de mi parte o al tomar una decisión, me tengo que tomar una pastilla. O cuando se me olvida tomar la pastilla durante un par de días y me da sudoración, inquietud, irritabilidad, y ahí tenemos otra vez el problema. La línea es delgada, tenue, y debe apreciarse la predisposición de la persona, porque si en esa familia hay miembros con adicciones a otras sustancias, esa persona puede hacerse adicta a tales sustancias”, advierte Juana Herrera.

La psiquiatra recuerda cómo hace varios años, antes del maremágnum del crecimiento económico, por allá en la década de 1990 cuando Panamá estaba lejos de volverse un país sofisticado, la gente tenía tiempo para caminar, comer bien, escuchar música, compartir más en familia, y estaba menos en el trabajo y no debía someterse a la esclavitud del tranque. Bastaba con un té de alguna hierba sembrada en el balcón de la casa.

Pero cambiaron las cosas. “Lo más fácil ahora es aumentar el uso [del medicamento] en vez de manejar la situación”. Según los cálculos de la doctora Herrera, sufren trastornos de ansiedad mujeres entre los 18 y los 40 años y hombres de 25 a 45 años.

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Sin embargo las redes sociales y los medios de comunicación, o quizás el comentario suelto en una reunión de amigos y familiares, extienden el radio de acción del trastorno en personas de 50 años en adelante. “Las mujeres son más concientes y buscan ayuda profesional con mayor frecuencia para resolver mejor sus problemas. En cambio, los hombres son proclives a una solución radical”, compara el doctor Calderón.

Las farmacias son exigentes en extremo para vender tranquilizantes. Revisan con detenimiento la caligrafía del médico que prescribe la receta. Miran letra por letra el nombre del galeno y el sello que así lo acredita. Observan el encabezado, la fecha y la hora de emisión. Revisan si antes le vendieron muestras médicas a ese paciente. Y le echan un rápido vistazo a la expresión del solicitante.

Al margen de esta diligencia, semejante a la de un relojero, los ansiolíticos tienen un mercado pulpo en América Latina donde la ansiedad es la segunda causa más frecuente de los trastornos mentales con un 3.4% después de la depresión (5%), según un estudio de 2012 de la Organización Mundial de la Salud. En las casillas tercera, cuarta y quinta se encuentran la distimia, el trastorno obsesivo compulsivo y el trastorno de pánico y psicosis no afectivas.

Varios psiquiatras panameños consultados sobre el alprazolam son enfáticos en resaltar sus bondades terapéuticas, siempre y cuando se le utilice en la debida forma. Y José Calderón recuerda que la mayoría de los medicamentos psiquiátricos no son adictivos. En el caso de los tranquilizantes, se vuelven un problema si el consumidor considera que uno al día nunca es cobardía.

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